Referencias:
- Łoś-Rycharska, E., y Czerwionka-Szaflarska, M. (2010). Fever in children and its pharmacotherapy. Pediatria Polska, vol. 85, n.º 2, pp. 156–164, marzo–abril.
- Kuchar, E. et al. (2018). Practical Medicine – Pediatrics, 1.
- Ibíd.
La fiebre es uno de los síntomas de enfermedad más molestos, ya que debilita considerablemente el organismo. Genera gran preocupación en los padres, aunque no siempre indica una dolencia grave. Puede aparecer durante enfermedades infantiles, pero también después de las vacunas o durante la dentición. Si causa malestar o empeora el estado general del niño, conviene bajarla. ¿Cuáles son las causas de la fiebre en los niños y cómo puede reducirse de forma eficaz?
La fiebre es una elevación de la temperatura corporal por encima de los valores normales [1]. Suele acompañar a enfermedades y constituye un mecanismo de defensa del organismo frente a virus, bacterias, alérgenos, parásitos y hongos. También puede aparecer en enfermedades autoinmunes. Se considera fiebre cuando la temperatura supera los 38 °C (el estado febril o febrícula comienza por encima de los 37 °C) [1]. Los valores entre 35,6 °C y 38 °C se consideran normales, dependiendo de la zona donde se mida.
La temperatura corporal puede medirse de diferentes formas y en distintas partes del cuerpo con un termómetro. Es importante tener en cuenta que los termómetros sin contacto, aunque son los más cómodos, pueden ofrecer lecturas imprecisas y no siempre reflejan la temperatura real del niño.
El método más habitual es la medición en la axila, aunque los profesionales de la salud la consideran la menos precisa. En este caso, la temperatura correcta es de 36,6 °C. También se puede medir en el oído, un método rápido y bastante preciso, especialmente recomendado para niños más mayores. Una lectura normal en el oído se sitúa entre 35,7 °C y 37,7 °C [2].
En los lactantes, el método más recomendado y preciso es la medición rectal. En este caso, la temperatura normal oscila entre 36,6 °C y 38 °C [3].
La fiebre puede tener múltiples causas, aunque las más frecuentes son las infecciones virales y bacterianas. Estas suelen afectar al sistema respiratorio y pueden provocar, además de fiebre, tos, secreción nasal, dolor de cabeza o dolor muscular. En estos casos, la fiebre forma parte del proceso de defensa del organismo y suele desaparecer tras unos días, una vez superada la infección.
La inflamación localizada de la piel también puede provocar fiebre, ya que el cuerpo activa mecanismos de defensa frente a infecciones. Estas inflamaciones pueden deberse, por ejemplo, a una higiene deficiente o a una cicatrización inadecuada de una herida postoperatoria.
La fiebre puede resultar peligrosa cuando la temperatura supera los 39 °C. En esta situación, el niño suele estar muy cansado y debilitado. La frecuencia cardíaca aumenta notablemente y el organismo necesita más oxígeno, por lo que el niño puede respirar más rápido y comportarse como si hubiera realizado un gran esfuerzo físico.
Si la temperatura supera los 40 °C, puede suponer un riesgo para la vida y requiere una actuación rápida para bajarla. El organismo tiene cierta capacidad de autorregulación, por lo que en ocasiones puede reducir la fiebre por sí mismo.
En general, se recomienda bajar la fiebre en niños cuando supera los 39 °C. No obstante, si el niño presenta malestar importante, se pueden administrar antipiréticos a partir de los 38 °C. Reducir la fiebre demasiado pronto puede interferir con la capacidad del organismo para combatir la infección.
La fiebre —tanto si aparece acompañada de otros síntomas como si se presenta de forma aislada— debe ser valorada por un médico para establecer un diagnóstico y un tratamiento adecuados.
Ante la fiebre, es fundamental ofrecer al niño abundante líquido a temperatura ambiente, vestirle con ropa ligera o incluso quitarle parte de la ropa. También puede ayudar un baño con agua entre 1 y 2 °C por debajo de la temperatura corporal, aunque previamente se recomienda administrar medicación antipirética.
Las dosis de los medicamentos deben ajustarse al peso del niño. Siempre es aconsejable consultar con un pediatra antes de administrar cualquier tratamiento. No se deben administrar antibióticos por cuenta propia, ya que es fácil confundir una infección viral con una bacteriana, y un tratamiento inadecuado puede resultar perjudicial.
La fiebre es una respuesta natural del organismo frente a las infecciones, por lo que no siempre debe combatirse de inmediato. Durante este proceso, el cuerpo activa mecanismos de defensa que ayudan a eliminar la enfermedad más rápidamente. Por ejemplo, aumenta la producción de anticuerpos y se dificultan las condiciones para la proliferación de virus y bacterias.
Por ello, no es recomendable despertar a un niño con fiebre si está descansando. Permitirle dormir favorece su recuperación.
La lactancia materna es la mejor forma de nutrición para los bebés y brinda muchos beneficios a los bebés y a las madres. Es importante que al prepararse y durante la lactancia se tenga una alimentación saludable y una dieta balanceada. La combinación de amamantar y alimentar al bebé con biberón en sus primeras semanas de vida puede reducir el suministro de leche materna, y revertir la decisión de no amamantar es difícil. Se deben considerar las implicaciones sociales y económicas de no amamantar. Se deben seguir cuidadosamente todas las instrucciones de preparación y alimentación, ya que una preparación inadecuada podría representar riesgos para la salud del bebé. Consulte siempre a un profesional de la salud para obtener asesoramiento sobre la alimentación infantil y utilice los productos bajo supervisión médica después de considerar todas las opciones de alimentación.
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