A veces, los padres pueden pensar que su hijo es un poco torpe o que no pone suficiente esfuerzo en lo que hace. Sin embargo, esto puede ser un síntoma del síndrome del niño torpe. La dispraxia es un trastorno del desarrollo asociado a dificultades para planificar y ejecutar movimientos de forma coordinada y espontánea. ¿Cómo se puede reconocer la dispraxia en un niño y cómo abordarla?
¿Qué es la dispraxia en niños?
La dispraxia se diagnostica en cerca del 10% de la población infantil y afecta a los niños aproximadamente cuatro veces más que a las niñas. Es uno de los síntomas más comunes de la disfunción en la integración sensorial en niños con trastornos del aprendizaje u otros retrasos leves del desarrollo [1].
Los niños con dispraxia tienen dificultades tanto en habilidades motoras finas —como pintar, abotonarse o escribir— como en habilidades motoras gruesas —como montar en bicicleta, lanzar objetos o jugar al fútbol—. Sin embargo, la dispraxia no se limita a los problemas motores. También implica dificultades en la planificación y organización de movimientos, pensamientos, acciones y emociones [2].
Estos niños suelen presentar dificultades de aprendizaje. Su proceso de aprendizaje es menos eficaz, especialmente en las primeras etapas educativas. Estas dificultades afectan a actividades básicas, pero también a la actividad física y a los juegos en grupo. Además, pueden tener problemas para transformar instrucciones verbales en respuestas motoras. Como consecuencia, es posible que desarrollen una autoestima más baja que la de sus compañeros [3].
Causas de la dispraxia
La dispraxia es un trastorno neurológico, pero es importante destacar que, a pesar de las dificultades que conlleva, no afecta a la inteligencia del niño. Sus causas no son fáciles de determinar. Los científicos sugieren que el problema podría estar en el desarrollo de las neuronas motoras, que no establecen conexiones eficaces.
Otros factores que pueden influir en su aparición incluyen alteraciones en el desarrollo fetal, daños en el sistema nervioso central, falta de oxígeno o hipoxia perinatal [4].
¿Niño torpe o con dispraxia?
La dispraxia se manifiesta con diferentes síntomas en cada etapa del desarrollo infantil. Es importante prestar atención a estas señales y consultar con un pediatra en el momento adecuado para resolver dudas sobre la salud del niño o iniciar un diagnóstico más detallado bajo la supervisión de un especialista.
Un bebé con síndrome del niño torpe puede tener dificultades para girarse boca abajo, sentarse, caminar o hablar. En edad preescolar, puede presentar problemas en actividades cotidianas como correr, atrapar objetos, jugar con la pelota, subir o bajar escaleras o vestirse. Suele ser más lento, puede tener dificultades para relacionarse con otros niños y se irrita o distrae con facilidad.
Además, puede presentar problemas para entender palabras relacionadas con la posición, como “dentro”, “delante de” o “encima de”. Puede parecer que no aprende de forma espontánea y que necesita repetición constante e instrucciones para cada actividad.
En la edad escolar, suelen persistir estos síntomas. A esto se suman dificultades de concentración, problemas con las matemáticas, desorganización y dificultad para seguir instrucciones. Las actividades deportivas que implican coordinación con otras personas también pueden resultar complicadas, ya que les cuesta seguir el ritmo de sus compañeros [5].
Diagnóstico y tratamiento de la dispraxia
Generalmente, el proceso diagnóstico comienza cuando los padres acuden al pediatra o directamente a un neurólogo. Este profesional realiza una entrevista inicial, que incluye preguntas sobre el embarazo, ya que las complicaciones durante este periodo pueden influir en el desarrollo de la dispraxia.
El diagnóstico del síndrome del niño torpe requiere una evaluación detallada por parte de un terapeuta y un especialista en integración sensorial. Se puede obtener mucha información observando el juego espontáneo del niño, cuando no controla sus movimientos de forma consciente. Sin embargo, los datos más precisos se obtienen mediante pruebas estandarizadas que evalúan funciones táctiles, praxis postural, praxis oral y coordinación motora bilateral [6].